En vestidos, faldas o camisas. En algún detalle o cubriendo todo el cuerpo (o lo que no quiera mostrarse de él). Con el más puro aire victoriano o, en estilo más informal y moderno, combinado con charoles y terciopelo. En zapatos y bolsos. En cortes sobrios o diseños jugados. El encaje vuelve este otoño-invierno, para amantes y detractoras, con toda su fuerza, sensualidad y elegancia.
Las pasarelas lo han dictado: Miuccia Prada se jugó por el guipur en transparencias y superposiciones y un aire barroco muy siglo XXI; Givenchy, Kokosalaki, Stella McCartney y Anne Valerie Hash en el más puro negro (¿decir que es el color del invierno será una obviedad?) y Alexander McQueen con trajes de reminiscencias reales y cortesanas.
De los tiempos en que mujeres tan dispares como Catalina de Aragón y Santa Teresa de Jesús bordaban encajes en su respectivas reclusiones –la una en el Castillo de Ampthill, por vía de su segundo marido, el rey Enrique VIII de Inglaterra, la otra en su convento-, a estos días de seducción y alfombras rojas, el encaje combina sus dibujos geométricos y orgánicos con materiales nobles, pedrería y algunos brillos.
Incluir este must en el guardarropas de la temporada tendrá sus pautas y secretos: nada de abusos –una prenda de encaje es suficiente para estar a la moda-, elegir accesorios simples para acompañar un elegante vestido o, por el contrario, que el bolso o los zapatos sean los dueños del detalle en estos tejidos que se siguen haciendo a mano, al bolillo o aguja, como en los viejos viejos tiempos.